Thursday, June 11, 2009

Por una coma, sin hipódromo ni tango

Érase una vez un tipo tipográfico en algún instante de su mínima trayectoria hacia la hoja de papel bond: el tipo de la n de una máquina de escribir. La n es pieza de un complicado aparato cuyo mecanismo implica, sí, la mecánica, pero también tiene sus cuantas ampolletas de metafísica. El espacio que separa al tipo n, aún en reposo, de la superficie de la hoja en que ha de quedar impresa una ene, no es tan pequeño que en él no pueda una mosca hacer sus acrobacias. De la rapidez les proviene a las moscas su consabida vanidad; por vanidad suelen quedar despatarradas en las paredes, el cristal de las ventanas, las mesas, los mostradores. La mosca solitaria que se le atravesó al tipo n yace transfigurada sobre la hoja de papel, y su pata posterior derecha terminó siendo la tilde de una eñe.

No aparecía la menor traza de mi nombre en la oficina donde me interesaba que apareciera. Lejos esto de ser la regla, debo decirlo, pero tampoco falta su buen puñado, o más, de excepciones. Por ejemplo, si una tarde sin cuentas que rendirle a nadie, uno se dejara  llevar por el meandro de corredores de la biblioteca, y de pronto se interesara por un libro de Miguel Otero Silva, y se conformara con recorrer sólo la O para encontrarlo, concluiría (sin énfasis) que en la biblioteca no saben de él, como tal vez sea el caso. Sin embargo, en el anaquel de la S no muy lejana, un amarillento Casas Muertas acaso haya quedado para pábulo de ácaros desde la noche de los días. En cuanto a mi nombre perdido o ignorado en aquella oficina, tuve que intervenir, provocar su aparición: primero una llamada, luego otra. De este modo surgió a la superficie de una base de datos, donde estaba sepultado, Moreno, Villamediana Avilio

Ya se sabe lo que en Brazil una mosca vanidosa hizo que se hiciera. La p de pataplás fue más rápida que ella.

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