Llegamos a San Francisco dos veces. Bueno, cruzar el
Golden Gate brumoso, de aceras anchas y concurridas, fue más bien, con el asombro predecible, la consumación de un propósito: seguir por la Carretera 1 hacia el oeste de la Bahía, y luego hacia el sur, a lo largo de la costa del Pacífico, rumbo a la agreste San Simeón (a pocas millas de aquí se desmorona el palacio de utilería de Mr. W.H). La Carretera 1 es angosta y a largos trechos arriscada, e invita a la demora. Días antes habíamos rodado por esta carretera, camino a Santa Rosa: desde Leggett, por la espesura de un monte de árboles enormes, donde la luz del día se resume en haces y moteados relumbres, hasta poco más allá de Mendocino. Hicimos entretanto parada cerca de un despeñadero desde el cual divisamos, en un farallón, cientos de puntitos que los binoculares declararon eran leones marinos y cormoranes; parada en Port Bragg a la hora del almuerzo y del café de sobremesa; parada en Point Cabrillo para caminar al faro, y parada en la
woo-hoo Mendocino. Una travesía peristáltica, como la de una musaraña por las vísceras de una serpiente amodorrada. Horas después de dejar atrás San Francisco y la Bahía, atravesamos la ancha y laboriosa llanura del valle de Salinas; calcamos la costa de la península de Monterrey y del
Big Sur, en subidas y bajadas como en un vagón por los raíles de una montaña rusa. A San Simeón llegamos con las últimas luces del día.
La segunda fue la verdadera llegada. Desde Sausalito, por agua, y, qué lastima, sin flores en el pelo. Como las empinadas colinas, son ciertas las cotorras y
the gentle people with flowers in their hair. Hasta la próxima, querida San Francisco.