Thursday, April 7, 2016

De senectute

A los treinta y siete seguía embelesado con sus propias hazañas de adolescencia, en cuya ejecución nunca le sudaron los sobacos. No había perdido el tic rubicundo de sacudir la cabeza, ahora sin la marejada en que incurría su larga cabellera de entonces, alzándose y cayendo como en cámara lenta. Sus cavilaciones presentes las dedicaba a retocar a diario el catafalco con que rendía homenaje a sus memorias, memorias de un tiempo heroico en que la presbicia y los pelos desparramándosele de las narices y lucubrando istmos entre sus cejas pertenecían al repertorio de la muchas cosas cuya ignorancia podía posponer sin aún saberlo.

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