Thursday, July 17, 2014

Lo amargo del bolero

Cada miércoles, antes de salir para el trabajo, Chico Wolfe celebra su mediodía de bolero. A las 12:15 pone un limón entero, un cubo de hielo y media taza de agua en la Oster que heredó de su madrina. La enciende, y nomás ve que el limón empieza a magullarse, y el cubo de hielo a volverse escarcha, la apaga. No deja Chico que la suspensión se asiente por más tiempo del que le toma poner el disco (12:17).

Vaso en mano (el mismo Tupperware, apenas enjuagado, del que bebe su Toddy mañanero), de pie a la única ventana del sótano donde vive, y al carraspeo de las frituras del disco de Tony Guédez, que lo acompaña desde hace más de cinco lustros, Chico hace como que ve hacia la calle (12:18): la lluvia orquesta encuentros impensados que pronto se harán furtivos, gracias a tacones que se rompieron y paraguas olvidados junto a una puerta. Violines y trompetas se largan en un preludio histriónico (12:18) tras el cual prorrumpe una voz quejicosa (12:19):

"Ya no quedan amores imposibles…" (12:19)

Chico entonces apura el trago (12:19) y mira hacia afuera como meditabundo.

Su ventana en realidad da a un callejón soleado. A las 12:20, sin falta, llega el camión de la basura.